ALAS DE LIBERTAD PARA VOLAR… AL MÁS ALLÁ

mayo 14, 2009 9:23 am

Por SERVIO TULIO DÍAZ
A sus 10 años, Luis Eduardo Bustos ya soñaba con aviones. Ser piloto era su sueño.

Su programa de vida cada fin de semana consistía en ir al aeropuerto. Y allí pasaba horas enteras obsesionado viendo aterrizar y decolar todo tipo de aeronaves.

Luis Eduardo era el primogénito de un matrimonio precoz.

María Elena, su madre, tenía 15 años. Se había casado un año atrás, huyendo del mal trato de una tía que la recogió luego de quedar huérfana a los 7 años.

Luis Felipe, su padre, tenía 17 años, y jugar fútbol era todo lo que sabía hacer.

Sin estudios ni oficio alguno, Luis Felipe llevó a vivir a María Elena a la casa de sus padres, una maestra de escuela y un agiotista.

A la sombra económica de sus abuelos paternos, Luis Hernando se hizo bachiller a sus 18 años. Hoy sus maestros lo recuerdan como un joven maduro, bien educado y sobresaliente en sus estudios.

Y cuando llegó el momento de decidir qué hacer a partir de allí, el muchacho no tuvo que quebrarse la cabeza. “Quiero hacerme piloto”, dijo.

Se inscribió en la FAC y pasó los rigurosos exámenes a que fue sometido para ser admitido en el curso de pilotaje.

Pero cuando ya todo estaba dispuesto y sólo faltaba el apoyo financiero para pagar la matrícula y comprar el menaje, los abuelos paternos de Luis Eduardo le notificaron que no le patrocinarían esa carrera.

Argumentaron que volar era un peligro y que lo más probable es que en la primera salida podía matarse. “Y no estamos para perder dinero”, dijo el abuelo agiotista.

Luis Eduardo les pidió entonces que le pagaran la carrera de Antropología, y ellos respondieron de nuevo en forma negativa. “Con esa profesión se muere de hambre, hijo, y nunca nos podrás devolver el capital”.

Frustrado, el muchacho buscó trabajo y lo halló en un taller de mecánica. Allí conoció el licor y otros vicios. Para rematar, se fue a vivir con una mujer dos veces mayor que él, casada, separada y con tres niños a su cargo.

La angustiada María Elena, madre de Luis Eduardo, abogó una vez más ante sus suegros a favor de su hijo. Los abuelos dieron un sí pero condicionado a que Luis Eduardo se hiciera policía.

Y con su maleta de sueños rotos, el joven ingresó finalmente en la Escuela de Suboficiales en Sibaté, al sur de Bogotá.

No bien terminó el curso, y con el grado de cabo en el bolsillo, Luis Eduardo empacó sus cosas y se fue a cumplir su primera misión en Tame, Arauca, en el oriente del país, donde conoció a Eugenia Albarracín, 17 años, de la que se enamoró a primera vista.

Allí también se aproximó al fuego de un conflicto armado del que sólo había conocido hasta entonces de oídas. Y se dio bala con una célula del guevarista Ejército de Liberación Nacional (ELN). Y salió bien librado.

Más tarde, la Policía lo trasladó a El Charco, un paraje sin Dios y sin ley perdido en la jungla del Pacífico, en el suroccidente de Colombia.

Y hasta allí llegó a comienzos de mes Eugenia, la novia del suboficial, para que conociera a Nathalí, su bebita de tres meses de nacida.

Pero la alegría del reencuentro se quebró temprano cuando comandos del 29 frente de las FARC tomaron por asalto el cuartel policial del pueblo. Cuartel, dormitorio, cocina. Todo en un mismo luga, porque en esos pueblos la pobreza extrema no es ajena a los “hombres de la Patria”.

La explosión de una granada despedazó el cuerpo de la niña y dejó agonizantes a su padre, que jugaba con ella en el dormitorio, y a Eugenia, que preparaba el desayuno. Un guerrillero remató al suboficial y a su compañera con sendos tiros mal llamados «de gracia» en sus frentes.

El cadáver de Luis Eduardo, 28 años, fue trasladado a su ciudad de origen a bordo de un avión, tal vez el mismo que un día, a sus 10 años de edad, él soñó con pilotear.

A María Elena, la Policía le pagó el entierro de su hijo. Además, ella y su marido recibieron como indemnización un poco menos de 40 millones de pesos y una pensión apenas sí mayor a un salario mínimo legal. «Ese es el precio de dar la vida por la Patria», observa un compañero del Cabo.

La atribulada madre ya pagó a sus suegros la deuda que dejó su hijo.

Rota su vida, a Luis Eduardo sólo le quedaron ALAS DE LIBERTAD… PARA VOLAR AL MÁS ALLÁ.

Una respuesta sobre “ALAS DE LIBERTAD PARA VOLAR… AL MÁS ALLÁ”

  1. Dixon Zeta en marzo 31st, 2010 4:25 pm

    hace mas de un año compuse un tema llamado LIBERTAD, dedicado a los secuestrados en las montañas colombianas, me gustaria saber si es posible, que ustedes lo quieran escuchar y dar a conocer en su medio, como un aporte a la libertad y a la paz en Colombia…
    muchisimas gracias..Dixon Zeta